Una habitación propia
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La novelista Virginia Woolf (1882-1941) pensaba en 1928 que una mujer para poder escribir buenas novelas necesitaba una habitación propia con cerrojo y quinientas libras al año. Dicho de otra manera: para escribir, una mujer requiere independencia personal y económica. La mayoría de las mujeres de su tiempo no disponían ni de una cosa ni de la otra.
Hoy, Día de la Mujer Trabajadora, celebramos el proceso de conquista de esa independencia por parte de las mujeres, proceso en el que han tenido gran protagonismo las escritoras. En el expositor de la BLO, se muestra desde el pasado viernes una colección de retratos de algunas con obra en el catálogo de la biblioteca.
Las imágenes aparecen sin pie de foto. No hemos querido identificar a las autoras. Durante mucho tiempo, la historia de la literatura les ha dado un papel secundario, cuando no de mera comparsa. Hoy os retamos a acercaros a la exposición y tratar de reconocer a esas mujeres. ¿Identificáis a muchas? Si no es así, algo habrá que hacer para sacar a estas valiosas mujeres del anonimato. El viernes publicamos aquí sus nombres: no dejes de visitarnos.









Era un tipo curioso. Escribía en los márgenes de los libros. Por suerte yo nunca le presté uno. ¿Por qué? Porque no me gusta que escriban sobre mis libros. Y hacía algo todavía más chocante que escribir en los márgenes. Probablemente no me lo crean, pero se duchaba con un libro. Lo juro. Leía en la ducha. ¿Que cómo lo sé? Es muy fácil. Casi todos sus libros estaban mojados. Al principio yo pensaba que era por la lluvia, Ulises era un andariego, raras veces tomaba el metro, recorría París de una punta a la otra caminando y cuando llovía se mojaba entero porque no se detenía nunca a esperar que escampara. Así que sus libros, al menos los que él más leía, estaban siempre un poco doblados, como acartonados y yo pensaba que era por la lluvia. Pero un día me fijé que entraba al baño con un libro seco y que al salir el libro estaba mojado. Ese día mi curiosidad fue más fuerte que mi discreción. Me acerqué a él y le arrebaté el libro. No sólo las tapas estaban mojadas, algunas hojas también, y las anotaciones en el margen, con la tinta desleída por el agua, algunas tal vez escritas bajo el agua, y entonces le dije por Dios, no me lo puedo creer, ¡lees en la ducha!, ¿te has vuelto loco?, y él dijo que no lo podía evitar, que además sólo leía poesía, no lo entendí en aquel momento, ahora sí lo entiendo, quería decir que sólo leía una o dos o tres páginas, no un libro entero, y entonces yo me puse a reír, me tiré en el sofá y me retorcí de risa, y él también se puso a reír, nos reímos los dos, durante mucho rato, ya no recuerdo cuánto.




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